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Perversión Cúbica

Fueron días duros. Tras despertar en aquel desconocido lugar, pensé que iba a morir de hambre, ineptitud o soledad. Pero aquí estoy, tengo una escueta casa de madera (talada con mis propias manos), un sencillo huerto y mis dos vacas. La vida es feliz y sencilla, de vez en cuando bajo a la mina o hago un poco de exploración, pero nunca me alejo demasiado. Todo es tranquilo y apacible, se podría decir que puedo vivir en paz.

Pero, es entonces cuando veo como otros compañeros han decidido pervertir un mundo tan puro como es este. Mis vacas, miran aterradas esos grandes mataderos automáticos que crean excedentes alimenticios. Enormes edificios, hechos para enaltecer al ya de por sí enorme ego de su creador. Todo ello, automatizado con kilómetros de ese rojizo polvo que yo utilizaba para conectar una palanca a una puerta ligeramente alejada. Llaman a los puristas novatos y se jactan de crear esas maravillas de la ingeniería por mero entretenimiento. Ante tales monstruosidades, mi casa, mi huerta y todo en lo que llevo tanto tiempo trabajando, parecen el trabajo del más simplista de los niños. No sé si sumarme al progreso o morir creyendo en mi inocencia.

En esto se ha convertido el videojuego indie por excelencia. Cuando Notch escribió el código de esta amalgama de cubos, no creo que tuviese en mente la magnitud a la que ha llegado. Millones de personas, se arremolinan debajo de ese ente verde y explosivo creado por error e Internet, se muestra repleto de personas de todas las edades disfrutándolo. Este juego se basa en la creación, en dejar volar tu imaginación y ver lo que eres capaz de hacer. Algunos crearán algún circuito que automatice todo su mundo, otros construirán un ordenador o recrearán Desembarco del Rey, pero los que somos como yo nos quedaremos recogiendo nuestra huerta con una canción en el corazón. Así que, me gustaría cuestionarme si esto es que el juego se pervirtió (como la comunidad del League of Legends) o es que yo me he quedado atrás en la carrera del progreso.

“Los tiempos cambian, la vida nos hace crecer”, decía El Chojin y yo me pregunto si esta acelerada carrera logística minecraftiana, no ha destruido la inocencia de un mundo casi perfecto. Me hago mayor (aunque algunos dirían que soy un chaval) y cuando veo esa necesidad imperiosa del jugador promedio, de juntarse varios para crear la más alta de las más altas torres, solamente deseo que les suceda lo mismo que a los de Babilonia. El no querer pararse a reflexionar, sino preferir una aceleración constante en una búsqueda continua de estímulos distractores, me antoja el querer relacionar este conjunto de líneas de código con nuestra propia realidad. Y no es por ser uno de estos pseudofilósofos o parecerme a estos chavales que afirman que la sociedad se va a la mierda, pero me apena que el frenetismo suplante a la reflexión.

Tengo dos primos pequeños, ambos compraron este juego y en las cientos de horas jugadas, nunca se han hecho un mundo propio y solitario. Otros amigos, que empezaron a la vez que yo, decidieron consumir ese polvo rojo como caramelo y ahora al comenzar uno de esos mundos, no tardan en explotarlo por todos lados para que quede a su gusto. Es curioso, como algo tan sencillo y cuadrado, puede mostrarnos algo tan profundo como son nuestros propios pensamientos inconscientes. ¿Qué harías si tuvieras el mundo en tus manos? Ahora muchos sabemos la respuesta. Lo destruiríamos sin dudarlo.

Y junto con esto, nos encontramos a las comunidades, formadas por grupos de personas corrientes, que pueden dar lo peor de sí mismas. Cuando vimos Los Juegos del Hambre muchos pensaron “¡Qué horror, yo nunca actuaría así!”, pero luego pudimos ver quien era presa o cazador en la versión cúbica de esta cinta. En este mundo ya alejado de la pureza con la que se inició al escribir su código, hemos hallado respuestas a lo que de verdad somos y cómo es que nuestra sociedad ha llegado al punto en el que estamos. ¿Cómo puedes destruir ese bosque para hacerte un chalet? Enciende tu ordenador compañero, tú has hecho lo mismo y tampoco has pestañeado. No estoy alegando que todos los deforestadores de Minecraft no deban reivindicar los derechos que tiene nuestra madre naturaleza a vivir, solo estoy dejando en evidencia que, dependiendo de la situación, todos podemos ser iguales.

Tantas divagaciones, una cárcel de Zimbardo creada para la diversión y la cual nos muestra el camino que ha llevado a nuestras poblaciones a ser tan destructivas. Como (si se nos deja libres) también podemos ser igual de crueles que otros y entender que nadie está libre de culpa para lanzar la primera piedra. Es impresionante lo que podemos aprender de nosotros mismos, con algo que algunos denominan “solo cubos”, pero ahora que he hablado de esto, estoy más tranquilo. Volveré a mi escueta casa y al igual que el Sr. Fredricksen, me sentaré a vivir en paz hasta que los constructores de esos altos rascacielos, decidan echarme de mi simple (pero amado) hogar.

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